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Para Andrea e Ivan, a quienes sólo conozco en trazos del cuerpo
Somos fantasmas, nos acurrucamos en rincones a los cuales tomamos fotografías con la cámara oculta entre las ropas, entonces parece que nuestro corazón, nuestros muslos, los pliegues de nuestra furia empiezan a destellar en blanco, y la ciudad es cortada en pedazos… andamos así. Luego los policías nos detienen, la voz corre, sus radios, conectados a otras radios en puntos clave de la ciudad, despliegan otras voces, la luz entonces se vuelve sonido, ahí donde el flash puso una pausa para que alguien tome la bocina del teléfono y llame “hay algo parado frente a mi puerta, tomándole fotos a mi automóvil”. Somos espectrales, nuestra sonrisa es oblicua, los músculos del rostro se nos pliegan como los ropajes del miedo… así caminamos. Tomados de la mano para detener el clima, asustados de los gatos blancos que nos reflejan, hendidos de susto, hundidos en el presente para saludar a la belleza y acrecentar los daños del futuro, hay mucho que ocultar en un rostro bello, hay poco que entender ahí. Casi no nos miramos a los ojos cuando estamos molestos, no comprendemos (lo sabemos de antemano) no comprendemos lo que surge de una molestia repentina, esos cambios ligeros en la expresión que modifican cada detalle de nuestra fisonomía podrían ser frutos de árboles desconocidos traídos de altamar por algún ángel exterminador. No le rezamos a nada más que a esos ángeles y nuestra plegaria es oculta pues la realizamos con el cuerpo que cruza las derivas predispuestas a descontinuar: breve transcurso de la noche para continuar los días, los miles de soles que nos esperan, estamos seguros de reencarnar en lémures cuando la vida se nos escape de entre los dedos como polillas escapando de roperos aromáticos. Abran esos roperos, nosotros ya nos fuimos, estamos lejos, abordamos gaviotas, fuimos a la tienda por una cajetilla de cigarrillos sin filtro, estamos inhalando a mediodía, comimos hace un rato cuatro sándwiches de atún, preferimos cosechar naranjas agrias en lugar de bañarnos bajo la lluvia, nos despedimos ayer y mañana diremos el adiós definitivo para volver a decirlo: somos espíritus nada más.
Que retumben las cajuelas de los carros, que se agolpen los aviones en el mismo plano fotográfico-geográfico, que nos atraviesen los cristales que un niño rompe en lugar de cuidarse de regaños, somos la pura muerte, la catrina, la guadaña, la revoltosa gigantesca, vamos a engañarnos con un pan con mantequilla y saludamos a la televisión en estática. Por el rostro fino de la mentira seríamos capaces de ofrecer lo real, por la caricia infinita nos disolveríamos en café con leche, por el uso de los baños públicos daríamos un brazo, una pierna, nos asearíamos mutuamente. ¡Miren!, un hombre ordeña una vaca a las tres de la madrugada, una mujer se lame los senos en medio del mar negro, un grupo de sodomitas se acomoda en una caja de zapatos, hay cientos de guaridas para militares en un territorio desconocido para el pueblo, un japonés de cara chata gusta de jugar a crear simios, nada queda después, todo avanzó como un caracol sin dejar rastro, por lo tanto es inferior al caracol, nada en particular. ¿qué dirían nuestros padres? El mío nos miraría atónito, sonriendo, a veces tosiendo por principio de enfisema, yo lo amo. Los de ella la nombraron fantasma desde el nacimiento, ella los ama. Mi madre firmó el acta de matrimonio y luego, años después me sostuvo entre sus manos cuando yo era un eunuco… preferimos sólo eso, la tristeza, luego, es obligatoria. ¿Qué dirían nuestros abuelos? El mío me obsequió una silla de peluquero con la que trabajó para sostener a mi familia materna, los de ella no se sabe, la mía espera siempre a mi abuelo paterno para almorzar a la mesa y saludarme cuando al fin llegue a visitarla sin barba, como un niño revisitado. Estamos jugando con el lenguaje: “Salta imagen, anega mi atlas”.
| Ragel Santana Burgos/Octubre 30 de 2008