El desecho es una constante de la civilización occidental, y entre más tecnocráticas e informáticas se vuelven las estructuras que nos mantienen como comunidad, más desecho generamos. La velocidad exponencial del avance tecnológico orilla al individuo a estar en un inamovible estado de cambio. Una especie de carrera corta hacia un consumismo sin mucho sentido utilitario más allá del look para el usuario o ciudadano común.
Es desde hace varias décadas que la periferia económica ha echado mano de los desechos de los social y económicamente acomodados con fines variados. El encontrar un afiche o estampilla por la calle y reactivarlo como decoración, el recuperar aparatos y arreglarlos de forma utilitaria como lámparas, muebles e incluso, electrodomésticos.
En una situación de extra-radio, los objetos encontrados o buscados en una zona de desecho dejan de valuarse como algo viejo, adquieren una historicidad y, a partir de la nostalgia y un constante cambio de contexto, un contenido estético permanente y actual muy a pesar de su antigüedad.
Dentro del ámbito creativo y artístico, el antecedente más icónico es el Arte Povera. Movimiento que busca extraer materiales poco comunes y con cualidades estéticas desvalorizadas para recrear una estructura que no solo rompe, sino que huye el estatuto. Aunque ya en la década de los 60 el arte conceptual ya parecía bien instalado y comenzaba a gozar de cierta popularidad, sus usos formales, en especial dentro del ecosistema museográfico, estaban siempre sujetos a cierto ánimo ascético. El impulso povera es hacia lo apocalíptico y lo sucio de los objetos que alguna vez fueron parte de un hogar o un espacio de trabajo. Y da cabida a una restructuración del lenguaje visual y sonoro para crear una nueva experiencia estética con substancias en desuso.
Ésto da oportunidad a nuevas formas de ver el arte. Un ejemplo claro son las esculturas de Richard Serra y su obsesión por el material como proceso más que como forma. Serra crea piezas que conviven con su entorno y llegan a su forma final bajo la influencia de los elementos. El color, la textura y la forma de sus esculturas gozan de un constante cambio ante el espacio y el ecosistema en el que son situadas (y en muchos casos para el que son creadas específicamente).
En el caso de la obra de Navi, el objeto no solo cambia de forma y sentido utilitario, sino que también cambia por completo su geografía específica. Al comenzar a trabajar con una estufa vieja y descompuesta formula una serie de apreciaciones interesantes, ya que un televisor o un aparato de recepción radiofónica tienen un uso específico que siempre ha estado relacionado con la creación de contenidos, y que pueden ser situados prácticamente en cualquier lugar, desde el cuarto de baño hasta un parque arbolado y aún cuando no pueden recibir una señal, producen una experiencia audiovisual o sonora, por más abstracta que ésta sea.
La estufa casera de gas tiene su uso y lugar específicos, si se le posiciona en la recámara, estéticamente provoca un quiebre irrefutable, y en medio del campo no produce nada a falta de una línea de gas combustible. Navi no solo saca la estufa de la cocina, también la saca de una realidad tangible. La encuadra dentro de una pantalla de vídeo y se enfoca en lo particular, logra desarticularla dentro de una ficción que se basa en el desarrollo de la técnica, tanto conceptual como utilitaria. A la vez, rellena el objeto de electrónica (también de desecho en su mayoría), para convertirla en un instrumento destinado al noise music. Disciplina que desde un inicio se basa mucho en el desecho, la consecuencia no deseable de una actividad física dada. Como el estruendo que causa un cañón de infantería al disparar o el constante drone de una podadora de césped, y en casos más modernos y específicos, la estática de un aparato de sonido o un instrumento musical eléctrico.
Para completar lo ficticio y lo fantástico, Navi agrega un personaje, un ente omnipresente, omnipotente e incorpóreo que en apariencia actúa sobre la estufa de forma lingüística. Crea una ficción que también podría considerarse de desecho, pero sobre todo como algo necesario. Cuando el consumo de contenidos se basa en ficciones que terminan siendo más reales que lo real, y se convierten en una directriz, y un ejemplo de cómo hemos de vestirnos y comportarnos. Navi nos transporta a otro mundo, más complejo y a la vez más sencillo de apreciar, próximo a dogmas populares y religiosos que hablan de el regalo de la vida por medio del verbo a objetos inanimados. El uso de la voz como accionador (que en este caso recuerda cinematografías como las de David Lynch e incluso Andrei Tarkovsky), el creador dando vida al objeto a partir del habla, en este caso dentro de una atmósfera más bien obscura que apuntala la sensación, en el espectador, de haber entrado en un mundo inidentificable, ficticio, fascinante y cargado de humor negro.
Esteban de la Monja