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¿Es Jorge Palos un jodido orate? Digamos que lo es… ¿se le puede reprochar, hoy en día? ¿No encaja usted, temible lector, en una u otra categoría en el almanaque de las desviaciones?

Pues bien, consideremos la obra del señor Palos: Es groseramente obvio que su sentido del humor es más negro que el alquitrán, que huele igual de fuerte y resulta casi tan pegajoso, y que su risotada carroñera haría que una hiena se retorciera de gusto doloso. Salta a la vista su técnica de bizco primitivo con un ojo apuntando a Cimabue y el otro a una cuestionable y colorida sintesis de tebeos. Su deuda con Neo Rauch es considerable. Igualmente notable es la perversidad de sus delirantes invenciones. Ninguna de sus anárquicas puestas en escena tiene sentido, pero sería bastante imbécil llamarlas sueños o tildarlas de surreales. A mi parecer, Palos busca hacer de su pintura un juguete especializado para imaginaciones paranoides que aprecian el desafio a sus talentos para la conjetura, y que con la misma ligereza con la que entran a la pintura salen de ella sin mayor pretensión que sonarse las narices con sus hipotesis y así pasar al siguiente acertijo.

Claro, también están los aspectos formales y la dimensión estética. Pero eso ya es trabajo de algún otro aburridor, a mi francamente me importa poco. Basta decir que algunas de sus soluciones espaciales me impresionan y que con frecuencia su uso del color me pone una mueca horrible en la cara. Eso, casi sobra decirlo, significa que su obra me gusta, y entre más horrible, más alegre.

Eduardo Padilla